¿Eutanasia en Argentina? Antes de decidir, pensemos juntos.


En el día de hoy se concretó la ejecución por eutanasia de Noelia Castillo, una española de 25 años que solicito la eutanasia luego de un periplo de experiencias muy dolorosas en su vida. Allí nace mi inquietud de escribir esta nota.

Todos los días, como médico, me enfrento a situaciones límite. Pacientes con dolor, familias angustiadas, decisiones difíciles. Y precisamente por eso siento la necesidad de compartir algunas reflexiones sobre un debate que está llegando a nuestro país: la eutanasia.

Quiero hacerlo sin banderas políticas ni religiosas. Solo desde la medicina y desde algo que creo profundamente: los seres humanos no somos individuos aislados. Somos nosotros y nuestra circunstancia.

Cuando alguien sufre, no sufre solo. Sufre con su familia, con quienes lo aman, con quienes lo cuidan. Y cuando alguien muere, esa muerte tampoco ocurre en soledad — deja una huella profunda en todos los que lo rodean. Por eso me preocupa cuando se presenta la eutanasia como un acto de autonomía individual, como si la decisión de morir fuera un asunto puramente personal. No lo es. Eliminar al que sufre no elimina el sufrimiento — lo transfiere.

Desde mi formación, el rol del médico tiene bases filosóficas claras: no dañar, no dejar sufrir, y mantener siempre la esperanza de la vida. No la esperanza ingenua de que todo va a mejorar milagrosamente, sino la esperanza activa de acompañar, de aliviar, de estar presente hasta el final. Para eso existen los cuidados paliativos — herramientas médicas, psicológicas y espirituales que permiten transitar el sufrimiento sin necesidad de adelantar la muerte.

Suele aparecer un argumento que parece contundente: "Pero los paliativos no llegan a todos en Argentina." Es verdad, y es un problema serio. Pero eso no es un argumento filosófico a favor de la eutanasia — es un argumento político y económico a favor de invertir en cuidados paliativos universales. La solución a la escasez no puede ser eliminar a quienes necesitan cuidado.

Y acá está mi mayor preocupación: Argentina no está lista. No tenemos una red paliativa consolidada. No hay formación sistemática en acompañamiento al final de la vida en la mayoría de nuestras facultades de medicina. Y no hemos tenido aún un debate social honesto y profundo sobre la muerte, el sufrimiento y la dignidad.

Legislar sobre eutanasia en este contexto sería poner el carro delante del caballo. En países donde se legalizó, los criterios de aplicación se fueron ampliando con el tiempo — lo que comenzó como una excepción para casos extremos fue normalizándose gradualmente. Eso debe hacernos reflexionar.

No escribo esto para imponer una postura. Escribo porque creo que este debate merece seriedad, y que las voces de quienes trabajamos todos los días con pacientes críticos tienen que estar presentes antes de que se tomen decisiones legislativas irreversibles.

La pregunta no es solo si tenemos derecho a morir. Es qué tipo de sociedad queremos ser con quienes están sufriendo.


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