¿Adónde vamos?


En los últimos meses, como consecuencia de las políticas económicas, estamos comenzando a ver el rostro más desgarrador, despiadado y cruel de decisiones que parecen haberse alejado por completo de la gente.

La crisis extrema del sistema de salud ya no es una advertencia: es una realidad que pone en riesgo concreto la vida de la población. Y golpea con mayor dureza, con una crudeza insoportable, a quienes menos pueden defenderse.

No alcanzó con el deterioro de la educación. No alcanzó con los recortes en discapacidad, que han llegado incluso a restringir la atención de personas profundamente vulnerables. Hoy, el abandono también alcanza a nuestros mayores, a quienes deberían ser prioridad y no una variable de ajuste.

La pregunta es inevitable, urgente, casi desesperada: ¿adónde vamos por este camino?

Porque no estamos hablando de números, ni de balances, ni de estadísticas, ni de déficit fiscal, ni de balanza comercial, ni de inflación. Estamos hablando de la salud de las personas.

Tal vez este daño no se refleje en los indicadores económicos. Tal vez no aparezca en los informes del INDEC. Pero va a aparecer (y con dolor) en lo más profundo de nuestras conciencias, el día en que esta realidad nos toque de cerca, cuando sean nuestros propios padres, nuestros abuelos, nuestros seres queridos.

Estas palabras desde la desesperación y de la impotencia.

Pero, por sobre todo, nacen de una necesidad de una urgente respuesta. ¿Adónde vamos?


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