La Reforma del PMO en Argentina:

Cuando ajustar el sistema significa ajustar al paciente

I. Un anuncio que merece ser leído con cuidado

Cuando un funcionario de gobierno dice que quiere reformar el sistema de salud para hacerlo mas sustentable y basado en evidencia científica, la respuesta instintiva es la aprobación. Quien puede estar en contra de la sustentabilidad o de la evidencia. El problema es que esas palabras, en el contexto político y económico actual, funcionan como eufemismos de algo concreto: recortar lo que el sistema está obligado a cubrir.

Hace días, el Superintendente de Servicios de Salud, Claudio Stivelman, confirmo que el gobierno estudia una reforma profunda del Plan Medico Obligatorio (PMO). El anuncio fue hecho en un desayuno de trabajo con financiadores y prestadores privados, no en un foro de sociedades científicas ni en una mesa con representantes de pacientes. Ese detalle no es menor: dice mucho sobre quienes están sentados en la mesa cuando se decide que deja de cubrirse.

Escribo este articulo como médico que trabaja a diario con pacientes críticos, que conoce de primera mano lo que significa no tener cobertura en el momento justo, y que se niega a mirar esta reforma con la ingenuidad de quien cree que el Estado argentino, en este contexto de ajuste fiscal generalizado, va a rediseñar el sistema sanitario pensando primero en el paciente.

II. El diagnóstico correcto, el remedio equivocado

El diagnostico que hace el gobierno sobre el PMO no es del todo incorrecto. Es verdad que el sistema creció durante treinta años acumulando más de cien normas sin financiamiento claro. Es verdad que los tratamientos de alto costo consumen más del 40% de la recaudación de muchas obras sociales, y que eso drena los recursos destinados a atención primaria, honorarios médicos y prestaciones básicas. Es verdad que la judicialización masiva de la salud es un problema serio y estructural.

Pero un diagnostico correcto no garantiza un tratamiento correcto. Y lo que preocupa no es que se quiera reformar el PMO, sino como, con que criterios, con que urgencia, y sobre todo, en beneficio de quien.

El sistema de salud argentino tiene tres grandes problemas interrelacionados: esta fragmentado en cientos de obras sociales de tamaños y capacidades absolutamente dispares; esta crónicamente sub financiado porque los aportes no crecen al ritmo de los costos sanitarios; y está mal gestionado, con un nivel de intermediación, corrupción y despilfarro que ninguna reforma del PMO va a resolver. Recortar la canasta de prestaciones sin atacar esos tres problemas de fondo es curar la fiebre bajándole la temperatura al termómetro.

III. Lo que la reforma no dice: el financiamiento es el problema real

Existe una pregunta que brilla por su ausencia en todos los anuncios oficiales sobre la reforma del PMO: por que el sistema no tiene suficiente dinero para cubrir lo que ya cubre. La respuesta es incomoda porque implica hablar de salarios, de empleo informal, de evasión de aportes, de la atomización del sistema en obras sociales que en muchos casos son estructuras burocráticas que consumen recursos sin agregar valor sanitario.

En lugar de enfrentar esa incomodidad, la reforma opta por el camino más corto: achicar lo que se promete en vez de financiar mejor lo que se promete. Es una lógica conocida en la Argentina del ajuste: cuando el Estado no puede cumplir sus obligaciones, redefine las obligaciones.

Esto no es modernizar el sistema. Es bajarle el piso a los derechos de los afiliados para que el sistema parezca solvente en el papel.

El dato que el gobierno usa como argumento para la reforma es que los medicamentos de alto costo consumen demasiado del presupuesto de las obras sociales. Pero ese dato tiene otra lectura: los medicamentos de alto costo son caros porque la Argentina no tiene poder de negociación frente a la industria farmacéutica, no tiene compras centralizadas, no tiene evaluación de precios vinculante. Países que resolvieron ese problema, como Alemania o Francia, no lo hicieron recortando coberturas sino negociando precios desde una posición de fortaleza institucional. Eso requiere Estado, no menos Estado.

IV. La experiencia internacional: lo que Argentina no está replicando

Cuando el gobierno menciona la creación de una Agencia Nacional de Evaluación de Tecnologías Sanitarias (AGNET) como modelo a seguir, cita experiencias como el NICE británico o el IQWIG alemán como inspiración. El problema es que esas referencias son selectivas y omiten lo más importante: el contexto institucional en el que esos organismos funcionan.

El NICE británico

El NICE opera en el marco del NHS, un sistema de salud público, universal, con financiamiento estable y un médico de cabecera asignado a cada ciudadano. Cuando el NICE limita una cobertura, lo hace dentro de un sistema que garantiza atención primaria de alta calidad, medicamentos esenciales gratuitos y hospitalización sin costo. Además, sus decisiones son públicas, contestables y periódicamente revisadas. Trasladar el instrumento de racionamiento a un sistema que no tiene el resto de la arquitectura del NHS es un trasplante sin donante compatible.

El IQWIG alemán

Alemania tampoco recorta coberturas: negocia precios. El sistema germano tiene el poder de decirle a un laboratorio que su medicamento va a pagarse al precio del estándar existente si no demuestra beneficio adicional. Eso protege el presupuesto sin negar prestaciones. Es la diferencia entre regular la industria y recortar derechos. Argentina, que tiene una de las industrias farmacéuticas más rentables y menos reguladas de la región, no parece estar mirando ese modelo con la misma atención.

Colombia: el espejo que nadie quiere ver

El caso colombiano es el más instructivo y el menos citado por los funcionarios. Colombia creo su Plan de Beneficios en Salud con una agencia de evaluación propia hace más de una década. El resultado: la judicialización no bajo, subió. Porque cuando el sistema le niega algo a un paciente con indicación médica, ese paciente va a la justicia. Y los jueces, que no quieren que nadie se muera en sus escritorios, ordenan cubrir. El problema estructural se traslada, no se resuelve.

La lección es clara: ningún recorte de canasta resuelve la judicialización si no hay mecanismos de excepción clínicamente sólidos y financiamiento genuino para los casos complejos. Argentina parece dispuesta a importar el instrumento de racionamiento sin importar la arquitectura institucional que lo hace funcionar.

V. El medico en el centro de la tormenta

Lo que más me preocupa de esta reforma no es el debate de política sanitaria. Es lo que le va a pasar al médico tratante cuando el sistema le diga a su paciente que ya no cubre lo que ese paciente necesita.

1. La transferencia del conflicto al acto medico

Hoy, cuando una obra social niega una cobertura con indicación médica, existe la vía judicial. El medico prescribe, el paciente ampara, el juez ordena. Ese circuito es imperfecto, inequitativo y lento, pero existe. Si la reforma cierra esa vía mediante restricciones legalmente blindadas en la nueva canasta, el conflicto ya no va a resolverse en los tribunales. Va a caer directamente sobre el consultorio, sobre la guardia, sobre la unidad de cuidados intensivos.

El medico va a quedar en la posición de tener que explicarle a un paciente o a su familia que el tratamiento indicado no está cubierto, que no hay amparo posible, y que las alternativas son pagarlo de su bolsillo o resignarse. Eso no es una decisión clínica. Es una decisión de política sanitaria disfrazada de acto médico.

2. La ética de la escasez no puede imponerse individualmente

La bioética ha desarrollado marcos robustos para pensar la asignación de recursos escasos en medicina: los criterios de triage, los comités de bioética, los protocolos de limitación del esfuerzo terapéutico. Todos esos marcos tienen algo en común: las decisiones de racionamiento no recaen sobre el medico individual sino sobre instituciones, comites, normas colectivas y transparentes.

Lo que la reforma del PMO amenaza con producir, si no viene acompañada de esos marcos institucionales, es exactamente lo contrario: médicos individuales tomando decisiones de racionamiento sin respaldo normativo, sin comité de bioética, sin protocolo, y cargando con el peso moral de esas decisiones en soledad.

3. El riesgo de la autocensura prescriptiva

Existe un fenómeno documentado en sistemas con restricción dura de cobertura que debería preocuparnos especialmente: la autocensura prescriptiva. El médico que sabe que cierto tratamiento no está cubierto empieza a no prescribirlo, no porque no este indicado, sino para evitar el conflicto con el financiador, para no frustrar expectativas en el paciente, o simplemente por fatiga del sistema. Eso no es medicina basada en evidencia. Es medicina basada en lo que el sistema decide financiar. Y es una degradación silenciosa del acto médico que ningún decreto va a registrar.

4. La limitación económica del esfuerzo terapéutico

En medicina critica, la limitación del esfuerzo terapéutico es una decisión clínica legitima cuando se basa en la futilidad del tratamiento, en la voluntad del paciente, o en criterios de proporcionalidad. Pero hay una frontera ética que no puede cruzarse: decidir no escalar un tratamiento porque el sistema no lo financia es cualitativamente diferente. Es una decisión económica con consecuencias sobre la vida humana, y no puede confundirse con una decisión clínica ni imponérsele al médico como si lo fuera.


Si el Estado decide que ciertos tratamientos no van a financiarse, que lo diga con claridad y que cargue con la responsabilidad política de esa decisión. Lo que no puede hacer es delegar esa responsabilidad sobre el médico tratante, que pasa a ser el ejecutor de una política de racionamiento que nunca eligió.


VI. Lo que esta reforma necesita para no ser simplemente un recorte

No me opongo por principio a revisar el PMO. Me opongo a hacerlo de esta manera, con esta velocidad, en este contexto, y sin las garantías mínimas que hacen que una reforma de este tipo sea algo distinto a un ajuste con vocabulario técnico.

Si el gobierno quiere reformar el PMO de manera genuina, necesita al menos cinco condiciones que hoy no están sobre la mesa:

Primera: que la AGNET sea independiente de verdad, con participación vinculante de sociedades científicas, bioeticistas, organizaciones de pacientes y representantes del sistema público. No un organismo que valide decisiones ya tomadas por razones fiscales.

Segunda: que cualquier exclusión de la canasta venga acompañada de un mecanismo de excepción clínicamente fundado, accesible y rápido, que no requiera litigar para activarse.

Tercera: que se ataque simultáneamente el problema del financiamiento, comenzando por la negociación centralizada de precios de medicamentos de alto costo. No hay racionalidad en recortarle cobertura al paciente sin antes haberle pedido cuentas a la industria farmacéutica.

Cuarta: que se establezcan marcos institucionales claros, comités de bioética con poder real y protocolos transparentes para que las decisiones de racionamiento no recaigan sobre el medico individual.

Quinta: que el proceso sea público, participativo y sometido al debate parlamentario, no resuelto por decreto en un desayuno de trabajo con los mismos actores que tienen interés económico en la restricción de coberturas.

Sin estas condiciones, lo que se presenta como una modernización del sistema es, en los hechos, una privatización del riesgo sanitario. El Estado se retira de su obligación de garantizar cobertura, y el costo de ese retiro lo pagan los pacientes con menos recursos, los médicos que quedan solos frente a decisiones imposibles, y el tejido de confianza entre la medicina y la sociedad que tanto costo construir.


En medicina aprendemos desde el primer año que la escasez de recursos no exime de la obligación ética. Lo mismo debería valer para quienes diseñan políticas sanitarias: la restricción presupuestaria no exime al Estado de su obligación de cuidar a los más vulnerables. Solo cambia la forma en que esa obligación se cumple. Y esa forma importa enormemente.


 ¿Eutanasia en Argentina? Antes de decidir, pensemos juntos.


En el día de hoy se concretó la ejecución por eutanasia de Noelia Castillo, una española de 25 años que solicito la eutanasia luego de un periplo de experiencias muy dolorosas en su vida. Allí nace mi inquietud de escribir esta nota.

Todos los días, como médico, me enfrento a situaciones límite. Pacientes con dolor, familias angustiadas, decisiones difíciles. Y precisamente por eso siento la necesidad de compartir algunas reflexiones sobre un debate que está llegando a nuestro país: la eutanasia.

Quiero hacerlo sin banderas políticas ni religiosas. Solo desde la medicina y desde algo que creo profundamente: los seres humanos no somos individuos aislados. Somos nosotros y nuestra circunstancia.

Cuando alguien sufre, no sufre solo. Sufre con su familia, con quienes lo aman, con quienes lo cuidan. Y cuando alguien muere, esa muerte tampoco ocurre en soledad — deja una huella profunda en todos los que lo rodean. Por eso me preocupa cuando se presenta la eutanasia como un acto de autonomía individual, como si la decisión de morir fuera un asunto puramente personal. No lo es. Eliminar al que sufre no elimina el sufrimiento — lo transfiere.

Desde mi formación, el rol del médico tiene bases filosóficas claras: no dañar, no dejar sufrir, y mantener siempre la esperanza de la vida. No la esperanza ingenua de que todo va a mejorar milagrosamente, sino la esperanza activa de acompañar, de aliviar, de estar presente hasta el final. Para eso existen los cuidados paliativos — herramientas médicas, psicológicas y espirituales que permiten transitar el sufrimiento sin necesidad de adelantar la muerte.

Suele aparecer un argumento que parece contundente: "Pero los paliativos no llegan a todos en Argentina." Es verdad, y es un problema serio. Pero eso no es un argumento filosófico a favor de la eutanasia — es un argumento político y económico a favor de invertir en cuidados paliativos universales. La solución a la escasez no puede ser eliminar a quienes necesitan cuidado.

Y acá está mi mayor preocupación: Argentina no está lista. No tenemos una red paliativa consolidada. No hay formación sistemática en acompañamiento al final de la vida en la mayoría de nuestras facultades de medicina. Y no hemos tenido aún un debate social honesto y profundo sobre la muerte, el sufrimiento y la dignidad.

Legislar sobre eutanasia en este contexto sería poner el carro delante del caballo. En países donde se legalizó, los criterios de aplicación se fueron ampliando con el tiempo — lo que comenzó como una excepción para casos extremos fue normalizándose gradualmente. Eso debe hacernos reflexionar.

No escribo esto para imponer una postura. Escribo porque creo que este debate merece seriedad, y que las voces de quienes trabajamos todos los días con pacientes críticos tienen que estar presentes antes de que se tomen decisiones legislativas irreversibles.

La pregunta no es solo si tenemos derecho a morir. Es qué tipo de sociedad queremos ser con quienes están sufriendo.


 ¿Adónde vamos?


En los últimos meses, como consecuencia de las políticas económicas, estamos comenzando a ver el rostro más desgarrador, despiadado y cruel de decisiones que parecen haberse alejado por completo de la gente.

La crisis extrema del sistema de salud ya no es una advertencia: es una realidad que pone en riesgo concreto la vida de la población. Y golpea con mayor dureza, con una crudeza insoportable, a quienes menos pueden defenderse.

No alcanzó con el deterioro de la educación. No alcanzó con los recortes en discapacidad, que han llegado incluso a restringir la atención de personas profundamente vulnerables. Hoy, el abandono también alcanza a nuestros mayores, a quienes deberían ser prioridad y no una variable de ajuste.

La pregunta es inevitable, urgente, casi desesperada: ¿adónde vamos por este camino?

Porque no estamos hablando de números, ni de balances, ni de estadísticas, ni de déficit fiscal, ni de balanza comercial, ni de inflación. Estamos hablando de la salud de las personas.

Tal vez este daño no se refleje en los indicadores económicos. Tal vez no aparezca en los informes del INDEC. Pero va a aparecer (y con dolor) en lo más profundo de nuestras conciencias, el día en que esta realidad nos toque de cerca, cuando sean nuestros propios padres, nuestros abuelos, nuestros seres queridos.

Estas palabras desde la desesperación y de la impotencia.

Pero, por sobre todo, nacen de una necesidad de una urgente respuesta. ¿Adónde vamos?


Valio la pena ?


"Un día Juan Torres lee en el diario la cantidad de niños que morían de hambre. 

El millonario decide donar toda su fortuna para ellos. 

Al tiempo ya en la ruina se entera de que una persona necesitaba un riñón para vivir. Va al médico y decide donar un riñón. 

Luego se entera de la cantidad de personas que necesitaban un corazón, pulmones, un hígado para vivir ... y decidido se presenta ante su médico para manifestar su intención de donar sus órganos. 

Sorprendido el galeno le dice "Eso sería un suicidio". 

Retorna a su casa y sin cambiar de opinión escribe una carta explayándose de sus intenciones. 

Minutos más tarde se pega un tiro. 

En su lápida decía Juan Torres un hombre que entrego todo". 


Quien lee esta historia sabe que siguen niños muriéndose de hambre, personas en espera de un trasplante que nunca llegaran a tener. 

Esa persona se pregunta...  "Valió la pena ?"

Desde algún lado se escucha : "...al menos lo intente ... "


Esta historia no es real.